El banco del cementerio

El banco del cementerio

Todas las semanas llega despacio,
se sienta frente al sol y sus ojos resplandecen.

Le cuenta que los días pasan dispersos,
que la nostalgia le persigue sin remedio,
que ahora sus recuerdos son los que envuelven la madrugada,
que el mar del norte revienta contra el acantilado.

Hoy el día se levantó lluvioso, grisáceo,
como en el otoño que renunciamos al ocaso,
recuerdo la humedad del rocío en nuestros cuerpos,
la frescura de tu boca sobre mi vientre.

Corto el día y larga la noche en la víspera del invierno,
seduciendo en el paseo de Ribesborg al atardecer .

Delirio de la vieja Escania que rompe la bruma.

Anoche atravesé de tu mano el encanto del jardín de la Opera.

Sé que me escuchas y me vierto en tu silencio,
necesito que me hables, que enciendas el sol con tu palabra,
que destroces el cemento y aprisiones mis huesos,
que recojas tu maleta y me enseñes a saber.

Me hundo sobre el tiempo que acompaña a la parca
Para que me acerque sin reposo a tu cintura.

Se me secan los labios de gritar tu ausencia.

Te necesito liviano, flotando en el anteayer,
intacto de voces que blanqueen el firmamento,
súbdito del reino que anhela razón de amar,
adepto a mi soledad cuando tiembla el viento.

Estoy en cada palmo de la tierra que te cubre,
en el olor que impregna de matices la espera,
estoy agotando la dama que llevo dentro
para revolverme en la ceniza de gris horizonte.

El día ha caído, te dejo mi alma mientras vuelvo.

Alberto Yago 

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