Pero aún había algo peor que oscurecía el horizonte y la mente de nuestros padres:
Pensar en cualquier futuro mejor sin tener que pasar por el trastorno de la lucha más arriesgada era un sueño que sólo se podía permitir un demente. No sé si me entiende. Para ellos, para nosotros, todo se confiaba a cambiar el mundo por los medios que fueran, con la esperanza de una sociedad nueva que con la República parecía plausible. Encontrar un rincón caliente donde pudiéramos decir: estamos aquí, queremos trabajar y vivir. Tan sencillo como eso. Y tan imposible.

Extracto de Memoria de unos ojos pintados, de Luis Llach.

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